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Facebook no es tu amigo

Traduje para mis estudiantes una nota de Andrew Brown (que recomendó Richard Stallman en su cuenta de identi.ca). Me llamó la atención, no estoy de acuerdo con todo lo que dice, pero me parece un excelente análisis del modelo de negocios de Facebook.

A quienes les importe su privacidad y la de sus amigos “de verdad”, deberían “desamigarse” de Facebook ahora mismo. Somos el producto, no los clientes.

Hay un gráfico maravilloso en el sitio del New York Times que muestra cómo la “declaración de privacidad” de Facebook se vuelve cada vez más grande, para poder cubrir la creciente cantidad de “agujeros” en su política de privacidad. La correspondencia no es perfecta, si lo fuera, la “declaración de privacidad” debería tender a infinito, dado que la privacidad real que Facebook ofrece por defecto, tiende a cero. Cuando el sitio comenzó a funcionar, muy poca gente podía unirse, y nada se hacía publico, ni siquiera para ellos, sin el permiso explícito del usuario. Ahora cualquiera puede unirse y todo es público para casi todos, salvo que el usuario tome acciones específicas para ocultarlo. Estas acciones deben repetirse aproximadamente cada seis meses cuando Facebook revisa su política de privacidad para hacerla más confusa y menos efectiva. Hay una animación maravillosa del proceso en este sitio.
Si usted decide que no vale la pena semejante esfuerzo, resulta que Facebook es muy difícil de dejar. Es muy fácil “desactivar” su cuenta, pero también es una acción casi insignificante. Nada se borra por la desactivación. Si usted regresa un año después, su cuenta aún estará allí, con la misma contraseña, los mismos “amigos” y los mismos datos.
Cuesta estimar cuánto le dice un usuario de Facebook a la compañía acerca de su vida. Hace un rato me dijo una amiga (en la vida real) que nos había visto a mí y a mis hijos en Facebook. Ella no es mi “amiga” en Facebook, ni tampoco de mis hijos, y los dos somos razonablemente cuidadosos en lo que se refiere a la privacidad. Sin embargo, quedaron en obvia evidencia cuáles eran los intereses de mis hijos, además de que cada uno de ellos tenía listadas las otras redes sociales de las que participaban. Hace 10 años, cuando el gobierno británico propuso poner a disposición de varias agencias del gobierno todos los datos que viajan por Internet, bajo el Acta de Regulación de los Poderes de Investigación, hubo un airado reclamo por parte de los militantes de las libertades civiles. Su argumento era que no se necesita saber qué dice la gente, si se sabe quién habla con quién. Y ahora Facebook lo sabe, y deja esta información disponible para casi cualquier persona.
Todo esto puede parecer una mala forma de tratar a los clientes, pero el asunto es que los usuarios no son clientes. Quien suponga que los usuarios de Facebook son sus clientes, entendió el modelo de negocios exactamente al revés.
Los usuarios no pagamos, porque no somos los clientes, sino el producto. Los clientes son los anunciantes a quienes Facebook les vende la información que los usuarios manejan, sabiéndolo o no.
Google, que recolecta menos información acerca de sus usuarios (sic), es mucho más escrupuloso acerca del uso al que la destina. Además, Google facilita la eliminación de nuestras “huellas”. En Facebook, no hay nada que equivalga al “tablero” (Dashboard) de Google, que muestra toda la información que hemos hecho pública en los distintos servicios de Google. Esto no es para dejar de considerar la extraordinaria cantidad de información que Google recolecta por el sólo hecho de grabar nuestras consultas, pero Facebook registra más información aún. Está diseñado para eso. Los juegos y aplicaciones (apps) disponibles allí son una parte importante de este proceso. Casi todos ellos son nada más que dispositivos para cosechar información acerca de los jugadores, y usar lo que han encontrado para publicitarse ante todos sus contactos.
¿Cómo detener esto? Facebook no cambiará. Su modelo de negocios depende por entero de “venderle la privacidad” a los anunciantes. Si un rechazo del público los fuerza a detenerse, o a una retirada parcial, todo empezará de nuevo en seis meses. No debería sorprendernos.
¿Qué se puede hacer? Una infraestructura computacional necesaria para correr un servicio similar a Facebook no es barata, y alguien tiene que pagarla. Quizá un servicio más ético que Facebook en lo que respecta a provacidad se está bosquejando en algún garage, en este preciso momento. Ciertamente, es posible, y el ejemplo de Google lo demuestra.
Pero el problema fundamental permanece. Desde que se inventó el dinero, quienes realmente hicieron dinero fueron los dueños, sean estos vendedores de cervezas, de café, o de un espacio en la Web. Podríamos pensar que a nuestros amigos les importa en qué andamos, pero renunciarían a ello inmediatamente si les costara dinero enterarse de que nos hemos vuelto los alcaldes imaginarios de una ciudad imaginaria, o incluso de que hemos discutido con nuestra madre, dando un portazo. Las únicas personas para quienes esa información es valiosa, aunque sea una fracción de centavo, son quienes pretenden aprovecharla para vendernos algo que no necesitamos.

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Géneros discursivos 2.0

Terminé de leer “El pibe que arruinaba las fotos”, de Hernán Casciari. No voy a hacer crítica literaria, sería el colmo de la caradurez. Si hay que decir algo, digo que me divertí mucho.
Pero aprovecho la lectura para comentarles algo. Yo sabía, antes de leer el primer renglón, que la novela era en realidad un compilado (muy bien logrado, para mi gusto) de posts de su blog, orsai. Pero enseguida me quedó claro que Casciari no es un bloguero: es un escritor que usa un blog como medio. Te puede gustar o no, pero es evidente que se parece bastante poco a otros blogs.

Y me puse a pensar si las TICs habían favorecido la aparición de nuevos géneros discursivos. Creo que los blogs han generado un nuevo modo de escribir; no sé si alcanzan la categoría de “género”. Me permito señalar algunas características:

  • brevedad: Un post largo raramente supere a un cuento o ensayo corto, incluso las noticias periodísticas suelen ser más largas que los posts.
  • enlaces: uno empieza leyendo un post, y probablemente haga clic en dos o tres de sus palabras, que a la vez son enlaces; de este modo la lectura no avanza linealmente, sino que se ramifica. Hipertexto, que le dicen.

Otro género discursivo es el de las diapositivas. Algo de esto discutimos en el blog de Sebastián. Prácticamente no hay expositor que no las use, bien o mal. Creo que las diapositivas pueden enriquecer mucho una charla, pero hay algunas cosas que me molestan:

  • Los expositores que simplemente leen las diapositivas.
  • Los expositores que se ciñen tan estrictamente a las diapositivas que empobrecen notoriamente su charla, en contenido y dinámica.
  • Los que quieren escribir todo en las diapositivas.
  • Los “clickeadores”, que pretenden dar su charla con presentaciones hechas por otro. A la cuarta diapositiva ya se les nota que no entendieron nada.
  • El hecho de que se pretenda que las diapositivas sean un resumen de lo expuesto. De ninguna manera. Es muy posible que la misma presentación que enriqueció una charla, sea perfectamente inútil fuera del contexto para la que fue creada. Si las diapositivas te permiten entender todo lo que se expuso… ¿para qué se dio la charla? Y si no… ¿para qué quiero las diapositivas? (Parece un problema menor; pero he tenido docentes que pretendieron que estudiásemos para los exámenes con diapositivas.) Si quiero hacer un resumen de una charla, lo escribo. En un procesador de texto, en un blog, en una hoja Rivadavia, donde pueda. Pero lo escribo en prosa, el mejor modo que conoce la humanidad para expresar ideas complejas. Convertirlas en una serie de ítems inconexos implica necesariamente una mutilación del pensamiento.

En fin, creo que las TIC han favorecido la aparición de nuevos géneros discursivos, y que son una buena noticia. Pero cuando se usan mal, oscurecen más que aclarar. (Digo yo, para terminar un pésimo post).

Un par de links que leí sobre el tema: [1] [2]

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De dónde sacaron mi mail

En ocasiones, puede que recibamos un correo indeseado y nos preguntemos de dónde obtuvieron nuestra dirección. Aprovecho para contar una anécdota local, pero que puede extrapolarse a problemas similares. Sirve la recomendación para estar atentos cuando dejamos nuestra dirección de email en algún formulario.

Hay en nuestra provincia un programa (“Mirada Maestra”, se llama) de descuentos para que los docentes podamos acceder a la cultura (libros, cine, artículos de librería, conciertos, etc.). Me pareció interesante, y, el año pasado, decidí inscribirme. Cuando el sitio Web de la provincia me pedía el mail, utilicé una estrategia que siempre uso con mi cuenta de Gmail, por precaución.

Supongamos que mi mail fuera juanperez@gmail.com. Entonces, en el formulario de inscripción escribí: juanpere.z@gmail.com. Gmail envía igual esos mails a mi casilla, aunque difieran en un punto. Pero yo sé que los que llegan a esa dirección “modificada” provienen del gobierno provincial. Tomé esta precaución por si el gobierno empezaba a inundar mi casilla de mails: marcaba como spam los que llegaran a la dirección “con el punto”, y listo. No fue así: recibí siempre dos o tres mails mensuales, casi siempre interesantes.

En mi provincia, los gremios docentes están en conflicto con el gobierno. En muchos de los puntos en disputa el gobierno se mostró conciliador, y se ha avanzado. Pero en uno es inflexible: no piensa otorgar aumento de salario. Por eso, días atrás los gremios consultaron a sus afiliados acerca de cuál debería ser la medida a tomar, y todo indicaba que se avecinaba una huelga, como finalmente sucedió. En medio de esta discusión, recibí un correo que proponía no hacer huelga, sino apostar a otras estrategias de diálogo con el gobierno. Hasta aquí, estaba todo perfecto: un grupo de docentes propone una idea distinta, en el marco de la democracia gremial. (ver noticia en un diario local)
¿Cuál es el problema? El mail tenía como destinatario la dirección “modificada”, que yo únicamente había utilizado para recibir comunicaciones del Ministerio. Por lo tanto, sólo hay dos alternativas:

  1. ese supuesto “grupo de docentes” obtuvo mi dirección de la base de datos del Ministerio de Educación.
  2. algún funcionario del ministerio, haciéndose pasar por un grupo de docentes, pretende influir en la decisión del gremio.

Si hubiera sucedido el supuesto 1) sería grave: esa dirección es mía, el gobierno la tiene únicamente para utilizarla con el fin autorizado por mí, no puede cederla a otras personas.
Pero, lamentablemente, me inclino a pensar que lo que ocurrió es más parecido al caso 2). Y, honestamente, me apena mucho. No me habría parecido mal si el ministerio hubiera enviado por mail su postura en la discusión, pero firmando su mensaje, en lugar de hacerse pasar por un grupo de maestros. Eso es embarrar la cancha, y feo.
Y no es la primera vez. Hace unos meses hubo elecciones legislativas, y recibí un mail que contenía una investigación sobre el turbio pasado del candidato opositor. ¿Adivinen para qué destinatario era? Sí, para la dirección “con el punto”.
Es cierto: no tengo elementos para demostrarlo fehacientemente (bien pude haberme enviado yo mismo el famoso mail). Pero al menos en mi caso, ya estoy advertido: si me engañan una vez, es culpa de ellos, pero si me engañan dos veces es culpa mía.
En las últimas elecciones a Gobernador, voté al actual mandatario, y creo que lo volvería a votar. Espero sinceramente que los hechos que menciono en este artículo sean obra de un funcionario de segundo orden, más papista que Pappo. Pero lamentablemente no puedo confiar en este gobierno como lo había hecho hasta ahora, salvo que se identifique al responsable de esta suplantación de identidad y asuma las consecuencias.
Para los lectores de otros lugares: creo que la característica de Gmail que menciono es muy interesante, y puede ser muy útil.
Para los lectores santafesinos: Ciertamente en nuestra provincia suceden cosas (buenas y malas) mucho más importantes que esta, casi anecdótica. Pero no por eso me parece menos grave. Saquen sus propias conclusiones…

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Estadísticas y otarios

No soy docente: soy un profesional que trabaja como docente. Por eso, estoy haciendo un curso de capacitación pedagógica.
En ese ámbito, pasó días atrás algo que me llamó la atención. Otro de los asistentes al curso (un ingeniero que ejerce la docencia), presentó como trabajo práctico una investigación basada en una encuesta a sus 20 alumnos. Mientras el hombre exponía su trabajo, escuché cosas como esta:
-“A la pregunta P, el 37% respondió X, el 31% respondió Y y el 32%, Z”.
La docente (una psicóloga) no se percató del error. ¿Cuántos alumnos respondieron X? El 37% de 20, es decir 7,4 estudiantes. Absurdo. Con una simple operación mental (100 dividido 20 = 5), quedaba claro que todos los porcentajes debían ser múltiplos de 5, es decir, terminar en cero o en cinco.
Obviamente no dije nada, soy otario pero no ortiba. Al terminar la clase, le pregunté al ingeniero por qué había “inventado” la encuesta, ya que no me parecía ético. Me miró con cara de ofendido. Él tampoco se había percatado de su error. Lo de la psicóloga es grave, lo del ingeniero (formado en ciencias exactas, desde luego), imperdonable.
Este ejemplo no es más que uno de los muchos que podría citar. Creo que si el sistema educativo debe formar ciudadanos críticos, la principal misión de la matemática es enseñarles a interpretar estadísticas, para que no sean engañados por políticos, mercaderes, y otros atorrantes… Parece que muy bien no vamos.
Creo que me expliqué, en todo caso este muchacho lo explica mejor. (En inglés, se puede elegir la opción de subtitular en castellano).

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